Ser científica me formó para enfrentar la situación desde un punto de vista práctico e implementar las medidas que estaban dando resultados prometedores en diversos estudios. Los cambios alimenticios con base científica me ayudaron a tener pocos efectos secundarios durante el tratamiento, a erradicar por completo migrañas y a mantener un estado decente de mis uñas y piel (no puedo decir lo mismo del pelo porque me lo rapé como consecuencia del tratamiento). 

Jamás perdí el apetito durante las 16 sesiones de quimioterapia y 33 sesiones de radioterapia a las que me sometí en algo más de 8 meses. Cuando finalizaron las irradiaciones era verano y mi piel parecía que solamente hubiera tomado un baño de sol en la playa durante una tarde. «Era increíble», me decían las enfermeras. A medida que pasaba el tiempo entendí que debía alimentar correctamente a cada una de mis células con la comida y las emociones correctas.

Pasada la tormenta y con exámenes en orden, el siguiente tratamiento de deprivación hormonal. me dejó en cama por un par de meses sin poderme mover. Era un 9 en escala de 10 por no ser tan fatalistas. Después de un cambio en la medicación, el dolor pasó a ser un 4 de 10, algo más soportable. 

Para poder entenderlo, seguí formándome para encontrar la causa del dolor. Tras varias conversaciones con mi oncóloga, la conclusión era asumir una estadística: ser parte del 20% de mujeres que sienten dolor con este tipo de tratamiento. Lo acepté durante un año, estar viva era mejor que tener dolor. Sin embargo con miras a continuar durante 10 años este tratamiento, me sentía desesperada y rota cada día más. No podía aceptar vivir una década llena de dolor. Escéptica y sin nada que perder, encontré una información muy valiosa: hacer MÁS de lo que ya estaba haciendo.

Continúa…